Cuando Yoel Cacheira dejó Marianao en 2024, no se podía imaginar el cambio de vida radical que se le venía encima. Decidió irse a Miami, como muchos cubanos, pero en pocas semanas vio que aquel no era su lugar. El poco dinero que todavía le quedaba, lo gastó en un vuelo de Level con destino a Barcelona, donde lo esperaba Reynier, un amigo de la infancia.
Era el único descendiente de la séptima generación de los Cacheira, desde que su antepasado, Antón, decidió embarcarse en la fragata que condujo a más de mil setecientos jóvenes desde Vigo hasta Cuba, en 1853, para suplir la escasez de esclavos por las restricciones en el tráfico negrero. Algunos murieron en la travesía de casi dos meses, a causa de las diferentes epidemias que padecieron en el barco. Otros en la plantación donde trabajaron en régimen de esclavitud, por la dureza extrema del trabajo y el mínimo sustento que recibían. Y muy pocos, entre ellos Antón, lograron sobrevivir y escaparse del terrateniente de origen gallego que los contrató.
El espíritu celta de la familia pasó de generación en generación. La leyenda familiar, que se trasmitió a lo largo del tiempo, contaba que cuando el primer Antón se fugó de la hacienda junto a un compañero, degollaron a dos de los mayorales que controlaban a los trabajadores a golpe de látigo, desde lo alto de sus caballos.
En el caso de Yoel, se le añadió la sangre taína de su madre, Atabey, quien, por primera vez, logró que su hijo no se llamara Antón como su padre, que era el sexto con ese nombre. Los genes maternos le impregnaron su color de piel cobrizo y unos ojos rasgados de tonalidad miel.
La historia de sus padres no fue fácil. Cuando Antón conoció a Atabey en 1965, unos años después del inicio de la Revolución Cubana, se quedó prendado de la gran belleza de su futura mujer. En la familia miraron con recelo la posible unión con una indígena, que fue aceptada a través de una boda católica que apaciguó los ánimos de sus allegados. No veían bien desvirtuar la raza con un color de piel diferente al que se había mantenido desde que llegó el primer Antón. Yoel lo cambió todo.
El séptimo Cacheira nació en 1995, por lo que no vivió los vaivenes políticos y sociales que se sucedieron en el país durante el siglo XX. Su juventud no tuvo todas las ventajas que podía tener un muchacho de otros lugares más desarrollados, pero su licenciatura en biotecnología le permitiría labrarse un futuro más prometedor fuera de la isla. El deporte de la pelota no era de su agrado, por lo que se decantó por una especialidad cubana, como la de los puños continuos. Con ella se desempeñó bien en sus competiciones y, a su vez, le sirvió para defenderse por si le hiciera falta. La mezcla de celta con taíno lo convirtió en un guerrero.
En Barcelona, fue acogido por Reynier que había llegado un par de años antes y tenía un piso alquilado en L’Hospitalet. Yoel no tuvo la necesidad imperiosa de buscar un lugar donde vivir. El estilo de vida cubano en el que, en ocasiones, convivían diferentes personas y familias bajo el mismo techo, les facilitaba la relación. No tenía intención, ni podía en ese momento, aspirar a la nacionalidad española. Lo que sí que le apremiaba era tener un trabajo. Antes de salir de Cuba, legalizó su título para poder convalidarlo en el lugar de destino donde acabara residiendo. La burocracia no era muy rápida, por lo que se puso manos a la obra para obtener la convalidación desde el primer momento.
Estaba claro que no podía acceder a un puesto de trabajo acorde a sus conocimientos que ya había experimentado en Cuba, pero no por ello, iba a renunciar a trabajar de inmediato para poder ganarse la vida.
La oportunidad surgió en una importante fábrica farmacéutica, ubicada en Sant Boi. Consiguió acceder a una entrevista para la posición de laborante. El azar y su inteligencia quiso que sintonizaran muy bien con la persona que lo entrevistó. Al ver su currículo real detectaron el potencial de Yoel y lo sometieron a una prueba práctica de laboratorio que superó con facilidad. El contrato de trabajo le abrió el mundo. Venía de una estirpe donde el trabajo era algo sagrado y se iba a dejar el alma en el reto que tenía por delante.
El desplazamiento hacia su puesto de trabajo no era cómodo, pero sus ganas de progresar le permitían saltar todos los obstáculos que se le ponían por delante. Enseguida, tuvo curiosidad por conocer su nueva ciudad y pasó horas por sus calles y lugares. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que había una zona llamada Marianao, lo que le retrotrajo a su lugar de origen. Desde aquel momento, supo que allí estaba su lugar en el mundo. Se puso a buscar una vivienda que lo acercara a su empresa y la encontró en su nuevo Marianao. Era un estudio por el que pagaría la mitad del sueldo que percibía. Su amigo Reynier entendió que se mudara y Yoel le estaría agradecido, por siempre.
Cuando salía de trabajar, se iba a la biblioteca para conocer más sobre la coincidencia de sus dos Marianao. Allí es donde aprendió que un catalán, llamado Salvador Samà, además de militar, político y empresario, fue el primer marqués de Marianao, una zona próxima a La Habana, adonde llevó el ferrocarril y la industria. Y que fue ese señor el que hizo construir el Palau de Marianao, en Sant Boi. Todo le parecía increíble, pero así era la vida. Ese nuevo Marianao, le haría que se suavizara su nostalgia por su Cuba bella.
Uno de esos días en los que caminaba por su nueva ciudad, se encontró de frente con un grupo de chavales con indumentarias plagadas de simbología nazi que, cuando se cruzaron con él, le increparon y le insultaron. El color de su piel no era del agrado del grupo. Se le acercaron para intimidarle, como sólo lo saben hacer los valientes que van en manada. Yoel intentó no hacer caso y continuó su camino con un gran temple. La cosa no fue a mayores. No quería entrar con mal pie en el lugar donde iba a vivir. A los provocadores les sorprendió la sangre fría de su víctima, lo que, en cierta manera, los soliviantó. No podía decir que en su Cuba natal no hubiera cierto racismo y clasismo entre blancos y negros, pero lo que pudo ver en esos muchachos le sonó diferente.
En la empresa conoció a Laura que trabajaba en el departamento de marketing. Una muchacha de Sant Boi, un año menor que él. Catalana, blanca, rubia, ojos verdes. Se enamoró de ella, de inmediato. El contraste de su piel le llamó la atención. Quizá porque en su ADN esos eran los colores que su familia de origen gallego atesoraba y que su padre no pudo transmitirle. A ella también le gustó el joven cubano. Cuando Yoel le pidió salir, incluso ser novios, Laura no lo dudó. Nunca había sentido nada parecido con otros chicos con los que había tonteado. Decidieron ir a vivir juntos en el estudio de Marianao. Con los dos sueldos podían tener una vida bastante digna.
La familia de Laura no vio con buenos ojos esa aventura que su hija emprendía. No tenían complejo en manifestar su antirracismo, pero cuando les tocó en primera persona, la cosa cambió. Apreciaban al muchacho por su carácter, por sus estudios y su posible futuro, pero sabían que la piel podría ser un problema para ambos en los próximos tiempos.
Yoel no le comentó nada sobre el encontronazo que tuvo con los radicales de ultra derecha. No quería preocuparla, aunque ella era conocedora de algunos grupúsculos que circulaban por la comarca. Los había visto alguna vez en ferias y fiestas de los pueblos. Nunca tuvo ningún problema con ellos. El chico había cambiado sus hábitos para no coincidir con los camorristas, pero sabía que eso era una lotería difícil de manejar.
Una buena noticia les llegó. Los estudios de biotecnología de Yoel habían sido convalidados y ya tenía una titulación oficial en su nuevo país. Lo comunicó a su empresa con rapidez que se movió de inmediato y le ofreció ser el segundo del laboratorio, a las órdenes del director que en unos años se jubilaría y le daría la oportunidad de ascender al máximo rango de la organización. Ello, le conllevó un aumento de sueldo sustancial, lo que fue un regalo perfecto para su futuro junto a Laura.
La vida les sonreía. A pesar de que ambos querían tener hijos, deseaban consolidar su pareja, sin intención de avanzar en términos legales, todavía. El hecho de consumar la descendencia podía esperar. Tenían amistad con algunas parejas que provenían del círculo de conocidos de Laura y de otros compañeros de la empresa. Uno de esos días en los que salían a dar una vuelta por la zona, quedaron con una pareja amiga. Se fueron a cenar los cuatro, para ir a una discoteca más tarde, en la que un grupo popular pondría ritmo a la noche. Yoel tenía tumbao, como dicen en Cuba, y a Laura no se le daba nada mal el baile, desde que hizo algunos cursos de ritmos latinos. Cuando empezó la actuación del grupo musical, la gente se abalanzó para tomar las mejores posiciones de la pista. En ese momento de tumulto, perdieron de vista a sus amigos, sin darle más importancia. Pero la noche acabó, sin encontrarse de nuevo con ellos. Vieron un mensaje de whatsapp en el que les dijeron que se habían retirado del lugar y se habían marchado a casa. Laura y Yoel aguantaron todo el concierto y cerraron el local junto a los últimos supervivientes de la fiesta.
De camino al coche que habían estacionado en un descampado cercano a la disco, vieron las sombras de tres tíos que estaban apoyados en el coche de Yoel. Cuando se acercaron, este los reconoció de inmediato, sin decirle nada a ella. Les pidió que se alejaran y, en ese instante, uno de ellos, al que le llamaban Tete, blandió un bate de béisbol. Laura se asustó mucho. Yoel la apartó hacia su espalda. El cubano se puso en posición de combate y se defendió de los tres, hasta que un certero golpe en la cabeza lo dejó inconsciente. Laura vio que Yoel tenía la cara ensangrentada y se tiró encima de él para ayudarle. No intuyó que los pendencieros iban a ir a por ella, como una manada atraída por la belleza de la chica, a la que habían visto alguna vez, pero que ahora la tenían a su alcance. De los tres, el del bate, fue el que la agarró por la detrás, la volteó, le bajó los pantalones, las bragas y la penetró. Los otros dos no se decidieron. Se dedicaron a grabar la escena jaleando a su compinche misógino con total regocijo. Laura no forcejeó, para no salir más malparada, todavía.
Cuando los delincuentes se marcharon, la chica se levantó, se recompuso y volvió a acercarse a su novio, que empezaba a recuperar el conocimiento. Laura no quiso decirle lo que había sucedido, pero Yoel intuyó la gravedad de la situación y, medio aturdido, se interesó por qué había pasado y quién había sido. Ella identificó al Tete. El cerebro de Yoel empezó a cavilar.
Unos vecinos que andaban paseando perros de madrugada los vieron y se interesaron por ellos. Llamaron al 112. En muy poco tiempo, aparecieron policías y sanitarios, que les informaron que tenían que ir al hospital para las primeras curas y denunciar la agresión con el parte médico incorporado. Estuvieron hasta el mediodía y volvieron a su estudio de Marianao.
La policía detuvo a los tres individuos, los llevó ante el juez y este los dejó libres con cargos, que no irían más allá de una multa. Estaba claro que la Justicia iba por otro lado.
La recuperación física de los dos fue rápida. Ahora, tocaba restablecer el espíritu. Para ello, Yoel no veía otra salida que prescindir del ámbito legal y actuar como en los viejos tiempos de sus respectivas familias. Tuvo la suerte, cuando era un crio, que sus dos abuelos le explicaron historias y leyendas en las que los problemas se dirimían de una manera radical.
Yoel tenía el dolor impregnado en el alma, lo que le llevó a tramar la venganza. Iría a por el principal delincuente, el del bate y la violación. De los otros dos, ya se encargaría más adelante, en función de cómo saliera el primer ajuste. Laura intentó quitarle de la cabeza su idea, pero la terquedad del cubano lo impidió. Optó por teñirse el cabello de un rubio casi blanco y se compró unas lentillas de color azul. No podía trasmutar el color de la piel, pero esos dos detalles ya le daban una personalidad muy diferente. Sólo le faltaba planificar el momento esperado. Ese llegó al cabo de unas semanas, en un concierto al aire libre, en uno de los descampados cerca de las autopistas, donde se ubicaban este tipo de eventos.
Hablo con su amigo Reynier, que era de raza caucásica, y le pidió que lo ayudara a saldar una cuenta. Habría dos momentos. En el primero, actuaria su colega. Del segundo se encargaría el mismo.
Reynier fue acompañado por una muchacha cubana irresistible para cualquier hombre, que haría de gancho con el Tete. Una vez lo tuviera camelado, lo drogarían con un brebaje que preparó Yoel en el laboratorio. Lo suficiente para dejarlo groggy, sin que perdiera el conocimiento, para que pudiera desplazarse, sujeto por el cubano, hasta el parking que estaba a un lado de la campa del concierto. De ahí, Yoel condujo con el matón tumbado en el asiento posterior. Al llegar a su destino, un paraje abandonado en el delta del Llobregat, lo sacó del vehículo y lo arrastró hasta unos matojos en una especie de marisma, donde no se les pudiera ver fácilmente. Cuando lo tuvo cara a cara, le mostró un machete de gran hoja. La pernera del pantalón se le mojó de inmediato al Tete, mientras la barbilla le temblaba de manera sincopada. Entendió que su final había llegado. Tras unas palabras de despedida por parte de Yoel, entremezclando el gallego y el taíno, le rebanó el cuello y lo tiro a las aguas del delta. Laura no conocía lo que acababa de ocurrir.
De vuelta al estudio, Laura seguía despierta con la premonición de que Yoel se había desquitado. Él no le quiso comentar nada. Únicamente, le dijo que al día siguiente salía de viaje por temas de trabajo, hacia la sede corporativa del norte de Europa. Se preparó una pequeña maleta y se marchó hacia el aeropuerto.
Al cabo de unos días sin noticias de Yoel, Laura recibió un whatsapp: «Mi amor, te hablo desde Cuba. Lo hice por ti. Espero que lo entiendas. No quiero que nada te implique. Aunque no sé si volveremos a vernos, siempre serás el amor de mi vida».